Salí aquella noche con unas ganas inmensas de comerme el mundo.
No recordaba que pudiera llegar a tal punto de embriaguez así que decidí pues, volverme a casa, fue entonces cuando el último bar se cruzó en mi camino y no tuve más remedio que entrar.
Entré a aquel antro con el ánimo de ahogarme en algún vaso, pero ni mis propias palabras se entendían así que pedí un café. ¡Qué estúpido el camarero! Me preguntó que con qué quería el café, que si con azúcar, leche condensada, sacarina, solo … ¡Tampoco era tan difícil averiguar que lo único que quería que le añadiera era tres cucharadas de felicidad y un chorrito de suerte!.
La vida sigue dejándome boquiabierta. ¿Por qué a la gente le cuesta tanto ver al prójimo feliz? En fin, por si no lo habíais notado me importa una mierda que seáis unos mañacos consentidos, ya os dará la vida los palos que os merecéis.
¡Un saludo a todos los falsos que habitan en la faz de la Tierra!
No hay comentarios:
Publicar un comentario